El estruendo de la tormenta despertó a Basilio a las dos y media de la mañana. Aquella noche había vuelto a sumirse en un mal sueño y se alegró de abandonarlo. Últimamente, cada vez con mayor frecuencia, de su imaginación brotaban pesadillas que agitaban su descanso. Cuando dormía se trasladaba a mundos imaginarios en donde nada seguía un orden lógico. Para él, que a sí mismo se definía como un hombre ordenado y, ante todo, racional, no podía haberse creado un mal sueño más a la medida. En ese universo alucinante los semáforos mostraban cada vez un color, los clips de colores no existían y en el más crudo invierno, los viandantes caminaban sin pantalones, pero con bufanda.
Tras restregarse los ojos, se sintió reconfortado de encontrarse lógicamente sentado en su habitación y con los pantalones puestos. Pocos hombres han experimentado alguna vez el alivio que sintió Basilio al comprobar que, efectivamente, había vuelto a la realidad.
Se arrastró hacia la ventana, atraído por la seductora idea de contemplar la tormenta. De la hipnótica seducción muy pronto pasó al estupor. La tempestad que había tras los cristales no lanzaba rayos, ni lluvia, ni granizo, tampoco nieve. Llovían interrogantes. Signos de interrogación de color carmín besaban la ciudad y se amontonaban sobre los tejados. Incluso en el alfeizar de la ventana, incontables incógnitas enterraban las raquíticas plantas de geranio que había dejado a su cuidado la vecina.
Una noche más, como en sus pesadillas, Basilio no encontraba sentido al peculiar fenómeno atmosférico que sus somnolientos ojos examinaban perplejos. Resolvió que debía seguir soñando y que lo más razonable era volver a la cama. Se acostó, esperando despertar en cualquier momento, acunado por la placidez de quien se sabe seguro y a salvo de un mundo pesadillesco.
En algún momento de aquella madrugada en la que ningún vecino del pueblo pudo descansar por temor al incendio que arrasaba el bosque de cipreses del cementerio, Basilio se quedó dormido.

Durante mucho tiempo los abuelos contaron a sus nietos que esa noche las pavesas bailaban caprichosas una danza macabra con el viento y que traían a las gentes mensajes de los muertos. Claro que el peor mensaje lo había recibido Basilio que debía de haberse quedado dormido y no pudo escapar cuando las llamas se extendieron por el pueblo.