Una de anchoas
Monday, September 1st, 2008Eh, usted! Por el amor de dios! una tapita de anchoas!
Eh, usted! Por el amor de dios! una tapita de anchoas!
Las puertas se cerraron tras él. Después de lanzar una mirada desgarbada, pero penetrante, se lanzó con su cantinela. La tiene bien sabida, es siempre la misma, siempre el mismo poema, entonado de igual manera, hoscamente. Afilando la lengua y dirigiéndola como arma, casi rechazando la redondez sensual de las palabras bien unidas. Un poema nostálgico de amores que mueren en un rincón olvidado por la pasión recitado a viva voz día si y día no.
Luego, con suerte, unas monedas y hasta la próxima vez que nos volvamos a encontrar.
Imagen ésta, de la línea 6, que dista mucho de las frecuentes flautas y guitarras que entonan canciones de Simon y Garfunkel en el metro.
Imagen esta que queda, que no tiene nada que ver con la negra sombra que este hombre venía a entonar… Pero cualquier excusa es buena para citar a Borges, así que pensad en la excusa que querais ( El sueño - J. L. Borges).
En nuestra entrega de hoy, Remigio Planchudo tenía gran afición por algunas cosas curiosas, como hurgar en sobacos ajenos, robar pelos de bigotes y sobre todo, asar a la plancha.
Hasta que un día le pegaron un tiro. Pero sobrevivió. Fue un gran acontecimiento en el pueblo, y regalaron paella y vino para todos. Luego hubo un empacho por salmonella generalizado. Cosas del oficio.
También acostumbraba a dejar sin pagar las facturas de la luz, hecho por lo que fue condenado con sanción administrativa a no volver a probar en su vida bocatas de atún. Nadie vió relación alguna entre estos dos hechos. Salvo el forense que tuvo que analizar el cadáver del juez
- En efecto, gelatina pura.
Ya de niño, sus padres descubrieron sus inquietudes y le regalaron una cocinita. Mientras los otros niños pasaban las tardes de otoño majándose a palos y abriéndose la cabeza con ladrillos y adoquines, Remigio simulaba suculentos asados y burbujeantes filetes en su cocinita. Tenía un problema, babeaba demasiado cuando se imaginaba a si mismo, en su propia mente perversa-psicópata cocinera, todo ese surtido de productos chisporroteando. Tenía que llevar un babero a todos los lados y lo ponía todo perdido. Gracias a dios, pudo contener sus fluidos a la edad de seis años.
Su padre siempre repetía lo mismo:
- ¡Ay Remigio, Remigio… pedazo de maricón!
Su adolescencia no fue fácil. En su clase, los jóvenes se dedicaban a las cosillas de la edad, como las drogas, los asesinatos, encerrarse en sus habitaciones al grito de sus padres, y dislocarse la muñeca derecha (y la izquierda los zurdos o los que querían probar experiencias nuevas). Pero Remigio no podía olvidar el sonido de la comida asándose contra su fiel metal. Era su droga. Dependía tanto de la plancha que ingresó en un centro especializado en atención a adictos de la plancha. Pero escapó propinando porrazos y guantazos a los lacayos y guardas del lugar. Con una plancha.
Tras escapar, surgió su epoca impresionista. Descubrió el veganoimpresionismo, consistente en mezclar trozos de brócoli y calabacín, artísticamente dispuestos. Se sumergió en la biografía de los grandes artistas de la plancha impresionista, como Planch Gogh.
Canturreaba mientras colocaba con mimo los ingredientes y probaba otros nuevos: un trozo de zanahoria aquí, un poco de brécol, champiñón, un trocito de pierna de su vecina…
También, por aquel entonces, tuvo una novia. Adela. La primera y la última. Lástima que no compartiera su pasión por la plancha, como él.
- ¡Pero que raro eres Remigio, con tus humos, y tus chisporroteos, y tus pedos y tus… cosas!
Remigio se sintió tal ofendido que la dió un planchazo. A la pobre Adela se le quedó la cara de plancha de por vida. Fue contratada para modelo del catálogo de Tefal.
Para olvidar los problemillas de su relación con Adela, y su olor de pies, abrió un restaurante. Lo llamó “La planchería del sur”. Desperdo tanto interés y curiosidad que la ciencia de viajes en el tiempo avanzó una barbaridad. Sólo para poder sobrepasar la larguísima lista de espera del restaurante.
Creaciones como “pedazo de armario embutido en manteca de cerdo a la plancha”, “aire a la plancha”, “tostaditos de patatina sumergida en huevo y aderezado de cebolla (el vulgo la llamaba tortilla de patata” y su más famosa creación, “sorpresa de vagabundo muerto a la plancha” hicieron felices y milionarios a miles de clientes y vendedores de píldoras digestivas y ataúdes respectivamente.
Era tal el éxito que estaba cosechando, que a la edad de 30 años, decidió franquiciarse bajo el nombre “Planchuqui´s Corner”
Empezó a dar conferencias sobre el uso de la plancha por todo el mundo, incluso extendió su sed de conocimientos planchíferos a otros campos como tirarse en plancha a la piscina o el planchado de camisetas de algodón. Para Remigio nada era bastante, y cultivó una gran sabiduría en torno a la planchoesfera.
A la edad de 32 años, decidió traer al mundo su gran creación. Invirtió grandes cantidades de dinero y estiércol en ello. Quería dar con la formula de la crujientidad perfecta. El churruscado perfecto, el crujir de los dioses. Conseguir un alimento tierno por dentro, jugoso como un tomate recien cortado, pero a la vez tan sonoramente crujiente como hielo siendo picado.
Se encerró en su laboratorio y fue guardando todas sus investigaciones en su ordenador. Lamentablemente, un dia, en un afán de innovación, frió a la plancha el disco duro.
- No, los discos duros no se frien. Se asan al horno.
Esa fue la respuesta del servicio técnico.
No se vió con ganas de empezar la investigación de nuevo, asi que pensó en ocupar su mente en otras cosas. Decidió explotar su laboratorio. Todo científico reputado que se precie, había hecho explotar su laboratorio. Y el laboratorio de Remigio aún no había explotado.
Tenía que encontrar la manera de explotar el laboratorio. ¿Dinamita? No ¿Explosivos plásticos? Psa, demasiado convencional.
Fue entonces cuando se le iluminó el fogon -perdón, bombilla-. Una idea que llevaba en su cabeza muchos años. No eran más que leyendas urbanas, pero ¿y si fuese verdad? ¿y si de verdad ocurriera? ¿y si le tocara la loteria?
En efecto, iba a probarlo. No solo podría explotar su laboratorio, también podría comprobar si la leyenda era cierta.
Hace algunos años, en una vieja taberna de Moscú, conocío a alguien que afirmaba tener la fórmula del crujientillo perfecto. ¡Ningún hombre antes lo ha probado! -Afirmó aquel viejo desdentado, y mudo-
La idea era sencilla en esencia, pero compleja en perfume.
Freír una plancha. Es decir, plancha a la plancha. La cantidad de energía que desprendía sería peligroso, pero Remigio sabía lo que arriesgaba y lo que podía obtener a cambio: el elixir de un tostado perfecto.
Se puso manos a la plancha. Sacó sus dos mejores planchas de la colección, las puso juntas con un pedazo de carne de pollo, encendió el fuego.. y esperó.
A los cuatro minutos, el pollo adquirió un color dorado como nunca antes había visto, un olor que sería capaz de resucitar a los muertos, y un sabor digno de enciclopedia. Lo guardó en un tubo de ensayo, y siguió probando con otros tipos de comida.
Lamentablemente a los siete minutos el laboratorio explotó. Pero Remigio ya estaba muy muerto. El pollo estaba envenedado.
Adela fue la culpable. La venganza era una plancha que se servía fria. Se hizo con el elixir perfecto del sabor y montó su restaurante “todo lo que siempre quisiste saber sobre filetes y nunca te atreviste a preguntar”
Por supuesto, Remigio volvió un ratico de su muerte para pedir que su cuerpo fuese asado a la plancha, y sus crujientes restos, ofrecidos como comida a algún animal terrestre no-volador.
Luego volvió a morir un montón.
El estruendo de la tormenta despertó a Basilio a las dos y media de la mañana. Aquella noche había vuelto a sumirse en un mal sueño y se alegró de abandonarlo. Últimamente, cada vez con mayor frecuencia, de su imaginación brotaban pesadillas que agitaban su descanso. Cuando dormía se trasladaba a mundos imaginarios en donde nada seguía un orden lógico. Para él, que a sí mismo se definía como un hombre ordenado y, ante todo, racional, no podía haberse creado un mal sueño más a la medida. En ese universo alucinante los semáforos mostraban cada vez un color, los clips de colores no existían y en el más crudo invierno, los viandantes caminaban sin pantalones, pero con bufanda.
Tras restregarse los ojos, se sintió reconfortado de encontrarse lógicamente sentado en su habitación y con los pantalones puestos. Pocos hombres han experimentado alguna vez el alivio que sintió Basilio al comprobar que, efectivamente, había vuelto a la realidad.
Se arrastró hacia la ventana, atraído por la seductora idea de contemplar la tormenta. De la hipnótica seducción muy pronto pasó al estupor. La tempestad que había tras los cristales no lanzaba rayos, ni lluvia, ni granizo, tampoco nieve. Llovían interrogantes. Signos de interrogación de color carmín besaban la ciudad y se amontonaban sobre los tejados. Incluso en el alfeizar de la ventana, incontables incógnitas enterraban las raquíticas plantas de geranio que había dejado a su cuidado la vecina.
Una noche más, como en sus pesadillas, Basilio no encontraba sentido al peculiar fenómeno atmosférico que sus somnolientos ojos examinaban perplejos. Resolvió que debía seguir soñando y que lo más razonable era volver a la cama. Se acostó, esperando despertar en cualquier momento, acunado por la placidez de quien se sabe seguro y a salvo de un mundo pesadillesco.
En algún momento de aquella madrugada en la que ningún vecino del pueblo pudo descansar por temor al incendio que arrasaba el bosque de cipreses del cementerio, Basilio se quedó dormido.
Durante mucho tiempo los abuelos contaron a sus nietos que esa noche las pavesas bailaban caprichosas una danza macabra con el viento y que traían a las gentes mensajes de los muertos. Claro que el peor mensaje lo había recibido Basilio que debía de haberse quedado dormido y no pudo escapar cuando las llamas se extendieron por el pueblo.
Afuera la lluvia cae como pernos oxidados de vía de tren. Me siento como una hormiga dentro de un hormiguero pisoteado por un niño pequeño, y a la vez protegido por las sábanas. Mientras, retumba en mis oídos la furia del agua golpeando el suelo en una danza tribal de medianoche urbana. Sé que él esta en la calle, esperando. Sus dos ojos sin emoción observando la puerta del edificio para verme pasar por ella.
Huir sería tan absurdo como pretender hacer entender a la noche que su reino es mayor que el del día. Imposible en esta latitud.
Salgo del refugio que es mi cama. Tres minutos después, y con lo puesto, salgo a la calle. A cada paso que doy millones de gotas de agua organizan un concierto para dos. La lluvia recorre mi cara y se lleva con ella sus gotas y las que no son suyas.
Nos vemos al fin. Lo único que nos decimos es silencio. Tanto él como yo sabemos lo que pensamos el uno del otro. Al fin y al cabo, nacimos el mismo día, misma hora, en el mismo lugar. Sólo que tomamos caminos diferentes pero preguntamos las direcciones por la carretera para llegar al mismo lugar.
Mis pies dan un paso al frente. Antes de continuar el siguiente, su voz entra en el concierto de lluvia en sol menor.
- ¡Que!
La expresión de mi cara es suficientemente aclaradora para él.
- Se que quieres. Quieres acabar conmigo. Lo sé por la expresión de tus ojos, por tus manos, ambas cerradas y en posición de defensa. ¿Qué sentido tiene? ¿Seguirás siendo toda tu vida así? Mïrate, incapaz de afrontar la realidad, refugiándote en una jaula de ignorancia autoconcedida, hecha con barrotes de bambú. Eres prisionero de la propia realidad que has creado tú, irónicamente para escapar de ela. Todos tus problemas tienen un sólo nombre. Casi siempre los han tenido.
- No sabes lo que dices.
- Si no supiera lo que diría, no tendría razor de ser, ni estaría aquí hoy. Deja de refugiarte en emociones que lo único que hacen es dar de comer a tu ego. Acéptalo, en este mundo hay seis mil millones de personas más como tu. No eres nadie, sólo otro ser humano, como yo, pero también lo eres todo. Deja de pretender fingir que no te gusta estar a la luz de las farolas naranjas. Nadie te ve cuando lo haces. Es hora de que olvides lo..
No le deje continuar. Salí corriendo con todas mis fuerzas. Presenté mi puño en su cara, desencajada por la velocidad con la que me acerqué a el. Una vez hechas las presentaciones, éramos dos manchas negras revolcándose entre golpes en el barro fresco. Concierto de lluvia en sol menor, ahora con los timbales de nuestros cuerpos siendo golpeados con rabia.
Elevé mi mano hacia el cielo negro de la ciudad. Cerré mi puño con todas mis fuerzas y lo envié con destino a su pecho. Lo odiaba. Quería matarle. Toda mi energía se concentraba en la visión de verle morir.
Mi puño aterrizó, pero no en él. Lo hizo en el barro.
No había nadie. Había desaparecido. No estaba luchando con nadie.
Jadeando y con la mano llena de barro miré en todas direcciones. No había nada ni nadie capaz de emitir razones.
Me dí por vencido. Grité al barro, pero no pareció hacer mucho caso. Rompí de nuevo a lo de siempre. En el barro cayeron gotas que no eran de lluvia. Era mi droga, mi heroína, lo que de verdad quería. Que mas daba una vez más. Infinito más uno, siempre seguirá siendo infinito.
Las farolas iluminaban la calle. Pasivas a todo, mirando la nada de una jungla urbana de lluvia. Algún dia tenía que acabar todo esto. Era el único pensamiento capaz de hacerme de enlace de cordura con la realidad.
Quería morirme. Pero también queria vivir y recorrer centímetro a centímetro el planeta tierra con alegría en los bolsillos. Y no podía entenderlo. No entonces.