La bella durmiente 2.0

Estos días ando metida en un fregao de cuidao, con un curso en la Escuela de Verano Complutense, sobre Producción Audiovisual. No se asuste el lector, que no contaré aquí mi vida en prosa ni lo fantásticamente estupendoso que me va todo.

Contaré, en cambio, algo inspirado por una compañera de pupitres…

Érase una vez que se era, una princesa que vivía en un reino muy muy lejano. Sus padres la querían mucho y como era la niña de sus ojos le concedían todos su caprichos. Era la mayor alegría de sus amantes padres, el pensar que podrían satisfacer el más mínimo de sus deseos. Fueron muchos los valientes que murieron en el intento de domar al potro alado de pelaje rojizo (y descapotable) con el que la joven había soñado una noche de verano.

Una mañana la princesita, que paseaba con su potro alado de pelaje rojizo (y descapotable) por el bosque, cantando y bailando mientras recogía florecitas, se encontró perdida en un claro del bosque que nunca antes había pisado. Era un pequeño valle bañado por la luz más clara y rodeado por los árboles más viejos y frondosos del bosque. A la sombra de un gran roble se encontró con un grupo pequeño de estudiantes, aprendices de magos, que atendían a las explicaciones de su maestro sobre la magia que destilaba una flor de Membrillo.

La princesita supo entonces que quería aprender esa magia. Era tan dulce, su mirada tan tierna y tan convincente su historia sobre la propiedad de todos los bosques a la corona, que consiguió que el maestro accediera a enseñarle la magia de la luz.

A partir de entonces, la princesita acudía todas las mañanas al claro oculto, para escuchar los secretos de la luz. Emocionada, incluso pidió a sus padres un pedacito de estrella para guardar en una jaula que contemplar de cerca. Pero había un problema, y era que según se sentaba en los cómodos asientos de raíces del claro, no podía contener las ganas de dormir, y dormía. El primer día solo una hora, el segundo, dos, el tercero se perdió la práctica de levitación y poco a poco, cada día… dormía más y más. Por toda explicación, no encontraba la princesita otra que los desvelos que le producían las noches en palacio.

Tanto durmió que su piel empezó a adoptar el color de la tierra y el musgo. Una mañana, ya no despertó. Quedose para siempre como entonces, envuelta entre las raíces plateadas de un gran roble, a la sombra de los tiempos. Ni siquiera sus queridos padres ni las caricias de su potro alado de pelaje rojizo (y descapotable) pudieron despertarla.

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para G.

Siempre tan calmada. Siempre dormitando. Siempre con una expresión de paz soberana inundando tu rostro. Tu anécdota se convirtió en costumbre y cada día, sin variación tu mirada se pierde en ese mundo superficial de párpados adentro.

Tus preocupados compañeros aguardamos con temor el día que no despiertes, convertida ya en parte inherente al mobiliario.

1 comentario

  1. mines dijo:

    Julio 17, 2007 a 8:11 pm

    viva la narcolepsia!

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