Mil Novecientos Ochenta y Cuatro
Estoy leyendo el libro de Orwell que titula este mismo post, toda una mente lúcida la de este escritor. Este libro es muy famoso, harto nombrado por su clarividencia, y tiene la fama bien ganada.
En la novela, el estado siempre presente y vigilante pretende la anulación del individuo, mediante las leyes que impone un partido totalitario mediante el castigo, el adoctrinamiento y el temor. Compone una anti-utopía comparable a las del Mundo Feliz de Huxley y Fahrenheit 451 de Bradbury, que a mi parecer y al de medio mundo que coincide en esto, son dos de las mejores novelas de ciencia ficción que se han escrito nunca.
Plantea algunos conceptos muy inquietantes: el tan temido Gran Hermano que vigila, la tortura, el control del pensamiento colectivo, la revolución… y un aspecto muy interesante relacionado con la comunicación y el lenguaje, que Orwell refiere en su libro bajo el nombre de Neolengua. Basado en el principio de que lo que no está en lengua no puede ser pensado, pues pensamos hablando para nosotros mismos. Cuanto más reducida sea la lengua, menor será la libertad del pensamiento y menor espacio para el individuo… (¿no es espeluznante?).
Dicen por ahí las malas o buenas lenguas que el libro es una buena copia de otro de un tal Evgeny Zamiatin, Nosotros (1921). No lo he leido, pero dicen que Orwell finalmente reconoció cierta influencia.
Algunas citas… abundan tanto por la red, que… cómo no ponerlas:
“Nada era del individuo salvo algunos centímetros cúbicos dentro de su cráneo”
“El que controla el pasado –decía el slogan del Partido-, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.” Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr contra su propia memoria. A esto le llamaban “control de la realidad”. (…) Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guardián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo; y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Ésta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión.
También, recordaros que existen al menos dos adaptaciones cinematográficas homónimas: una de Michael Anderson en 1956 y otra de Michael Radford en 1984 (já… atención al guiño), siendo la segunda de éstas la más fiel a la novela con el siempre eficaz Richard Burton.


May 22nd, 2007 at 11:42 pm
La verdad, a mi, lo espeluznante, es tanto en el párrafo de la obra que indicas, como en su contraria utopía de Huxley, es ver que lo que dicen y pronostican en sus páginas esta empezando a ocurrir actualmente casi al pie de la palabra.
Ese párrafo describe terrorificamente y con una fidelidad pasmosa, nuestra sociedad.
Como si alguien lo hubiera usado como una guía a seguir.
Es la Eugenesia en estado puro.