Óxido Naranja IV

Afuera la lluvia cae como pernos oxidados de vía de tren. Me siento como una hormiga dentro de un hormiguero pisoteado por un niño pequeño, y a la vez protegido por las sábanas. Mientras, retumba en mis oídos la furia del agua golpeando el suelo en una danza tribal de medianoche urbana. Sé que él esta en la calle, esperando. Sus dos ojos sin emoción observando la puerta del edificio para verme pasar por ella.

Huir sería tan absurdo como pretender hacer entender a la noche que su reino es mayor que el del día. Imposible en esta latitud.

Salgo del refugio que es mi cama. Tres minutos después, y con lo puesto, salgo a la calle. A cada paso que doy millones de gotas de agua organizan un concierto para dos. La lluvia recorre mi cara y se lleva con ella sus gotas y las que no son suyas.

Nos vemos al fin. Lo único que nos decimos es silencio. Tanto él como yo sabemos lo que pensamos el uno del otro. Al fin y al cabo, nacimos el mismo día, misma hora, en el mismo lugar. Sólo que tomamos caminos diferentes pero preguntamos las direcciones por la carretera para llegar al mismo lugar.

Mis pies dan un paso al frente. Antes de continuar el siguiente, su voz entra en el concierto de lluvia en sol menor.

- ¡Que!

La expresión de mi cara es suficientemente aclaradora para él.

- Se que quieres. Quieres acabar conmigo. Lo sé por la expresión de tus ojos, por tus manos, ambas cerradas y en posición de defensa. ¿Qué sentido tiene? ¿Seguirás siendo toda tu vida así? Mïrate, incapaz de afrontar la realidad, refugiándote en una jaula de ignorancia autoconcedida, hecha con barrotes de bambú. Eres prisionero de la propia realidad que has creado tú, irónicamente para escapar de ela. Todos tus problemas tienen un sólo nombre. Casi siempre los han tenido.

- No sabes lo que dices.

- Si no supiera lo que diría, no tendría razor de ser, ni estaría aquí hoy. Deja de refugiarte en emociones que lo único que hacen es dar de comer a tu ego. Acéptalo, en este mundo hay seis mil millones de personas más como tu. No eres nadie, sólo otro ser humano, como yo, pero también lo eres todo. Deja de pretender fingir que no te gusta estar a la luz de las farolas naranjas. Nadie te ve cuando lo haces. Es hora de que olvides lo..

No le deje continuar. Salí corriendo con todas mis fuerzas. Presenté mi puño en su cara, desencajada por la velocidad con la que me acerqué a el. Una vez hechas las presentaciones, éramos dos manchas negras revolcándose entre golpes en el barro fresco. Concierto de lluvia en sol menor, ahora con los timbales de nuestros cuerpos siendo golpeados con rabia.

Elevé mi mano hacia el cielo negro de la ciudad. Cerré mi puño con todas mis fuerzas y lo envié con destino a su pecho. Lo odiaba. Quería matarle. Toda mi energía se concentraba en la visión de verle morir.

Mi puño aterrizó, pero no en él. Lo hizo en el barro.

No había nadie. Había desaparecido. No estaba luchando con nadie.

Jadeando y con la mano llena de barro miré en todas direcciones. No había nada ni nadie capaz de emitir razones.

Me dí por vencido. Grité al barro, pero no pareció hacer mucho caso. Rompí de nuevo a lo de siempre. En el barro cayeron gotas que no eran de lluvia. Era mi droga, mi heroína, lo que de verdad quería. Que mas daba una vez más. Infinito más uno, siempre seguirá siendo infinito.

Las farolas iluminaban la calle. Pasivas a todo, mirando la nada de una jungla urbana de lluvia. Algún dia tenía que acabar todo esto. Era el único pensamiento capaz de hacerme de enlace de cordura con la realidad.

Quería morirme. Pero también queria vivir y recorrer centímetro a centímetro el planeta tierra con alegría en los bolsillos. Y no podía entenderlo. No entonces.

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